Primer capítulo: Sobredosis

sobredosis tapa

Primer capítulo de la novela contemporánea, Sobredosis.

PRIMERA PARTE

I

 

El sueño se fue. De modo abrupto, el ruido del teléfono de línea la trajo a la realidad.

Ay no, pensó, otra vez no.

Cada mañana la misma historia, aunque los fines de semana era peor. Su hermano, Manuel, se despertaba a una hora obscena solo para molestarla cada día. Entre atender el teléfono y no atender el teléfono… esa era una pelea interna muy fuerte. Después de las primeras semanas de rogarle al hermano que deje de llamar, decidió no atender. El teléfono sonaría por los siguientes diez minutos. Si tenía suerte.

La idea de cortar la línea cada vez era más tentadora.

Marisa pasó del baño a la cocina arrastrando los pies. Las mañanas no le sentaban nada bien y tener que despertar todos los días con el ruido de ese teléfono la volvía aún más irritable. No era solo por su hermano, sino que también estaba su novio, Sebastián, que ya ni traba de ocultar cómo le molestaba tener a Manuel por despertador.

Durante las últimas semanas Manuel había emprendido una campaña que consistía en molestar a Marisa en cada momento del día. ¿El motivo?, que Marisa no falte a su fiesta de cumpleaños. Para su hermano esa fecha era más importante que navidad.

Pero se le estaba yendo la mano. El domingo de mañana, al abrir el diario encontró una sección entera rayada con marcador negro que pedía que este año no faltara a la fiesta. Sebastián ya no pudo morderse la lengua. Juntó su desayuno, lo tiró en la cocina y volvió, hecho una furia, a dejarle saber a Marisa que su hermano cada año estaba más inmaduro. Ella no pudo hacer más que llamar a Manuel para pedirle que no vuelva a rayar el diario, especialmente la sección económica de los domingos. Manuel se disculpó sin demasiado sentimiento y le preguntó, una vez más, si confirmaba su asistencia a la fiesta.

El siguiente domingo encontró el diario intacto. Pero en la sección económica había un sobre con una tarjeta de cumpleaños infantil donde se leía: Manuel te invita a su fiestita. 20 de agosto, hora y lugar a confirmar ¡no faltes!

Sebastián volvió a mostrarse ofendido ante el descaro de su cuñado. Hizo referencia al malgasto de fondos y dio consejo a Marisa de hablar con sus padres para que controlen la cantidad de dinero que le pasaban a su hermano por mes. En un ataque algo desesperado por defender a la sangre de su sangre, ella respondió que Manuel trabajaba y que podía gastar su dinero en lo que quisiera. Entonces Sebastián juntó su desayuno y lo tiró en la cocina. Otra vez.

Marisa pensó en cambiar la estrategia e ignorarlo. Tal vez (solo tal vez) él dejaría de ser tan molesto.

No funcionó. Al ignorarlo, su hermanito colocó doble contingencia en el plan de ataque. Ahora había un pasacalles colgado a la altura del balcón en el apartamento de Marisa y Sebastián donde se leía, en letras de colores, que el 20 de agosto era el cumpleaños de Manuel; además de que las invitaciones y recordatorios solían llegar en los momentos menos esperados… y menos apropiados. Cada mañana, al prender la computadora de su oficina, ella tenía que borrar un email con remitente: Tu hermano, con asunto: Cumpleaños feliz, con texto: 10 años, hermanita, 10 años. Y como, al parecer, solo uno no era suficiente para incrementar la culpa en el corazón de Marisa, luego de su recreo para el almuerzo, ella volvía a su oficina y borraba un segundo email, exactamente igual al primero. Esa situación ya se venía repitiendo por un par de semanas. Marisa se decía mentalmente que si perseveraba en ignorar a su hermano, entonces él dejaría de insistir. Pero una partecita muy pequeña (con voz muy fuerte), le decía que se dejara de ilusiones.

Los 10 años a los que Manuel hacía referencia era la cantidad de tiempo que Marisa faltaba a su fiesta de cumpleaños. No era su culpa que él hubiera nacido en una fecha tan terrible. Ella siempre tenía exámenes que preparar o que dar y, una vez que terminó la facultad, entonces tuvo que rendir cuentas a sus jefes, planes de edificios o inspeccionar obras. Trabajaba en una empresa constructora, De González Arquitectos, donde entrar a trabajar no era nada sencillo: tuvo que esmerarse mucho en sus estudios, conseguir notas que la sorprendían a ella misma, dejar de dormir y de salir, perder contacto con amigos y, a veces, hasta con Sebastián, con quién ya eran novios. Y luego de graduarse en tiempo y forma, siguió un año y medio de pasantía en la que trabajaba ocho horas por días, algunos fines de semana incluidos, por lo que solo recibía los viáticos como pago. Lo hizo todo sin quejarse, comprando corrector de ojeras y tomando mucho café. Le costó tanto sacrificio conseguir la oficina que tenía su nombre que consideraba del todo injusto que su hermano la acusara de faltar a una fiesta.

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